El señor de los cuervos

por

Martin Briones

Capítulo I

LAMENTÁNDOSE POR EL HECHO de que no pudo hacer nada en su momento, y a pesar de haber tenido una noche de insomnio, Jack se levantó una hora más temprano de lo acostumbrado. Todavía con sueño, se sentó en la orilla de la cama por unos segundos mientras recorría la habitación lentamente con la mirada.

Jack Lynch era un hombre de cuarenta y dos años que contaba con un doctorado en Psicología. Era una persona común y corriente, por así decirlo. Sin embargo, lo que lo hacía diferente de los demás era su forma de mirar, tenía una mirada fría y misteriosa, con la que era capaz de intimidar a cualquiera.

Una vez despierto y haciendo a un lado la flojera, Jack se puso de pie, y enseguida se encaminó hacia
donde se encontraba Oskar, su mascota, quien yacía parado, sobre un pie de palo que él mismo le había construido, y que había colocado justo al lado de su cama.

Oskar era un cuervo al que Jack apreciaba mucho. La conexión que existía entre los dos era realmente sorprendente y, tal vez, por esa razón, con el paso de los años y sin darse cuenta, esa majestuosa ave fue convirtiéndose en su mejor amigo.

―Espero que hayas tenido una noche mejor que la mía ―le dijo Jack acercándose hacia él y rascándole la cabeza.

A lo que Oskar solo le contestó con un graznido.

En seguida, Jack tomó una manzana; la cual se encontraba encima del buró y, una vez que la partió, se la dio. Posteriormente se dio la vuelta y, caminando lentamente, se dirigió hacia el baño y se lavó los dientes. Mientras se miraba en el espejo no pudo evitar llenarse de melancolía. Después de todo, era una fecha muy triste para él, ya que precisamente en ese día se cumplían diez años de la pérdida de su esposa y de su hijo.

«Pareciera que fue ayer ―pensó Jack―. ¡Cómo los extraño!».

Segundos después abrió la regadera y se metió a bañar.

Al terminar, y una vez que se secó, salió del baño un poco pensativo y enseguida se encaminó hacia el armario, de donde sacó uno de sus mejores trajes. Se trataba de un traje color negro, el cual solo usaba en ocasiones muy especiales, y ese día no era la excepción. Lo puso sobre la cama, tomó una camisa y una corbata, las dos de color negro, y enseguida comenzó a vestirse sin prisa alguna, mientras que Oskar lo observaba atentamente.

A continuación, y mucho más animado, salió de su recámara y se dirigió hacia la cocina y, después de prepararse un café, se paró frente a la ventana de la sala de su departamento a disfrutar de aquella fría pero muy acogedora mañana de octubre. Una vez que terminó de tomarse su café, Jack volteó a mirar su reloj, y al ver que ya se le estaba haciendo un poco tarde, pensó: «Creo que ya es hora de irme». Por lo que en ese momento se puso su abrigo, tomó su sombrero (un Fedora color negro al estilo de los años treinta que usaba la mayor parte del tiempo) y, asomándose un poco a su recámara para mirar a Oskar, el cual aún seguía parado sobre su pie de palo, le dijo:

―Ya es tiempo de irnos, amigo.

A lo que Oskar, ni corto ni perezoso, pegó un brinco y, seguido de un pequeño aleteo, se paró sobre su hombro como aprobando lo que Jack le había dicho. Posteriormente, y justo antes de salir de su departamento, Jack cogió un ramo de flores que estaba sobre la mesa del comedor; el cual había comprado la noche anterior, y se dirigió hacia el estacionamiento para, enseguida, subirse a su auto, y una vez que encendió la calefacción del mismo para calentarse un poco ―pues estaba haciendo bastante frío―, se dirigió hacia el cementerio municipal.

Una vez en el cementerio, y después de estacionarse, Jack tomó el ramo de flores, sacó a Oskar del auto, lo paró sobre su hombro, y empezó a caminar lentamente hacia una de las tumbas, que era donde descansaban los cuerpos de su esposa y de su hijo (pues cuando ella falleció tenía seis semanas de embarazo), los cuales yacían bajo una enorme estatua de piedra, no muy lejos de donde se había estacionado.

Al llegar a la tumba, Jack apoyó una de sus rodillas en el piso, para así acomodar cuidadosamente el ramo de alcatraces blancos que le había traído. Eran las flores favoritas de Lucía. Enseguida se paró y, después de dar unos pasos hacia atrás, permaneció inmóvil por unos cuantos minutos sin despegar la mirada de aquella fría y rústica lápida, mientras recordaba aquellos momentos tan felices que pasaron juntos.

De pronto, y tal vez por la nostalgia que sentía en ese momento, sus ojos comenzaron a humedecerse y le fue imposible evitar que se le salieran las lágrimas, las cuales le recorrían las mejillas como si fueran la prueba del dolor que estaba sintiendo.

«¿Sabes, Lucía? ―pensó Jack―, cada año que pasa, me hago la misma pregunta: ¿cómo es posible que haya sobrevivido todo este tiempo sin ti? Sin mi hijo, a quien ni siquiera tuve la oportunidad de conocer, y mucho menos de verlo crecer, de abrazarlo, de besarlo o de hacerle alguna caricia. Pero lo que aún me duele más es que el culpable de su muerte nunca pagó por su crimen. Perdónenme, perdónenme por no haber hecho nada en su momento, pero el dolor de haberlos perdido fue tan grande que solo pensé en mi desgracia».

Mientras tanto, Oskar seguía parado sobre su hombro, y aunque pareciera como si él también estuviera sintiendo lo mismo que Jack, en el fondo sabía que no podía hacer nada al respecto; pues el dolor y el sufrimiento son parte de la vida y del crecimiento en la existencia de cualquier ser humano.

Después de reflexionar por unos minutos más, y con los ojos aún hinchados por el llanto derramado, Jack volteó a mirar de reojo a Oskar y, haciendo un gesto de aceptación, le dijo:

―Creo que ya es hora de que volvamos a casa, amigo.

Por lo que antes de retirarse, Jack se acercó a la lápida nuevamente, se puso en cuclillas y, después de llevarse la mano a los labios, la deslizó sobre el nombre de Lucía de una manera suave y delicada, como cuando uno acaricia a alguien que está dormido y no quiere despertarlo. A continuación, y sin decir nada más, se paró, se dio la vuelta, y a un paso lento pero firme se encaminó hacia su auto, para después regresar a su departamento.

Mientras tanto, y no muy lejos de ahí, Truman, quien para ese entonces acababa de levantarse, no dudó ni un segundo en asomarse por la ventana; solo para darse cuenta de que se trataba de una mañana fría y con mucha neblina. Sin embargo, eso no sería ningún impedimento para seguir con su rutina, y después de ponerse su ropa deportiva se dirigió hacia el parque a hacer un poco de ejercicio; el cual se encontraba muy cerca de su casa.

John Truman era un detective que trabajaba para el departamento de policía de Los Ángeles, California, en el área de homicidios. Un hombre casado, religioso, tranquilo, y muy apegado a su familia.

Minutos más tarde, y ya en el parque, Truman comenzó a estirar un poco, al mismo tiempo que observaba cómo los árboles se iban perdiendo poco a poco en la neblina, la cual se deslizaba lentamente por todas partes.

«Qué hermosa mañana», pensó Truman apretando el paso para empezar a correr alrededor del parque, pues el correr no solo lo mantenía en forma, sino que también le ayudaba a relajarse, ya que su trabajo solía ser muy estresante. Una hora después, y bañado en sudor, Truman por fin se detuvo, se llevó las manos a la cintura y alzando la cabeza comenzó a respirar lenta y profundamente tratando de recuperar el aire.

«Qué rico se siente el aire fresco», pensó mientras este entraba en sus pulmones.

Ya de vuelta en casa, y al ver la hora en aquel gigantesco reloj de pared, el cual se encontraba en la sala, de inmediato subió a su recámara y se metió a bañar, para minutos más tarde bajar a la cocina donde ya lo estaba esperando Lorena, su esposa, con el desayuno preparado.

Lorena era una mujer de veintisiete años, no muy alta, alguien que sin conocer era capaz de transmitirte una confianza y una tranquilidad como muy pocas personas pueden lograrlo.

―Buenos días, amor ―le dijo Lorena a Truman justo al entrar a la cocina―, ¿cómo amaneciste? ―le preguntó.

―Muy bien ―le contestó Truman―. ¿Y tú? ―añadió acercándose y dándole un beso en la mejilla.

―Bien, no sentí cuándo te levantaste.

―Lo sé, estabas tan dormida que traté de hacer el menor ruido posible para no despertarte.

―Gracias, amor ―le dijo Lorena―. Tú siempre tan lindo.

Una vez que terminó de desayunar, Truman se sirvió una taza de café apresuradamente y, volteando a ver a Lorena, dijo:

―Discúlpame, amor, pero ya me tengo que ir, ya sabes que no me gusta llegar tarde al trabajo.

―Está bien, amor, cuídate ―le dijo Lorena―. Nos vemos más tarde.

Posteriormente, Truman tomó su abrigo y su bufanda; le dio un beso de despedida a Lorena y enseguida se encaminó hacia la cochera, donde estaba su auto, un Lincoln Town Car plateado último modelo, quien, una vez en él, encendió la calefacción, abrió la puerta de la cochera desde su auto, prendió la radio para escuchar un poco de música y, sin perder ni un segundo más, empezó a conducir hacia la estación de policía.

Entretanto, Jack, quien para ese entonces ya estaba de regreso en su departamento, y que en ese momento acababa de terminar de desayunar, tomó su abrigo, su sombrero y antes de salir del departamento abrió la puerta que conducía al balcón, que era donde Oskar pasaba la mayoría del tiempo cuando estaba solo, pues cabe mencionar que Jack nunca lo metió en una jaula, ya que él creía que un ave tan inteligente y majestuosa como el cuervo no debía ser privada de su libertad de esa manera. Y acomodándose el sombrero volteó a verlo y le dijo:

―Nos vemos más tarde, amigo.

A lo que Oskar solo le contestó con un graznido.

Ya en el camino hacia el trabajo, Jack tomó su celular y se dispuso a llamar a Cynthia, su secretaria, solo para asegurarse de que su agenda no había cambiado.

Cynthia era una joven que llevaba ya algún tiempo trabajando para Jack. Divorciada y con una niña de cinco años, a quien le habían diagnosticado autismo, a la cual cuidaba su mamá mientras ella trabajaba, era el más claro ejemplo de que cuando uno se propone hacer algo, con trabajo y sacrificio siempre puede lograrse.

―Buenos días, consultorio del doctor Jack Lynch ―contestó Cynthia.

―Buenos días, Cynthia ―le dijo Jack―. Solo llamo para saber si no hay algún cambio en mi agenda.

―No, ninguno, doctor ―le dijo Cynthia―. Tiene dos citas el día de hoy, la primera es a las diez de la mañana y la segunda a las dos de la tarde.

―Gracias, Cynthia, entonces nos vemos en unos veinte minutos ―le dijo Jack.

―De nada, doctor.

Una vez que terminó de hablar por teléfono y mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde para subirse a la autopista, prendió la radio para escuchar un poco de música. Cuando en ese momento sonó su celular, y al darse cuenta de que se trataba de Gabriela prefirió no contestar y esperarse hasta llegar a la oficina.

Gabriela era la novia de Jack, una mujer de treinta y cuatro años, con la que llevaba una relación de tres años de noviazgo, y aunque por momentos pareciera que terminarían por casarse, el amor que Jack sentía todavía por Lucía, aun después de muerta, era tan grande que prácticamente le era imposible que se entregara por completo.

Mientras tanto, Truman, quien para ese entonces ya casi llegaba a la estación de policía, se percató de que le estaba entrando una llamada a su celular, y al darse cuenta de que se trataba de Mark, se llevó el auricular al oído y se dispuso a contestar.

Mark Pittman no solo era el mejor amigo de Truman, sino que también era su compañero de trabajo en el departamento de homicidios, donde en los últimos años habían resuelto juntos los casos más difíciles en el área del condado de Los Ángeles. Con treinta años y un sentido del humor como muy pocos, Mark vivía una de las etapas más bonitas de su vida, pues estaba a punto de contraer matrimonio con Karla, una hermosa y bella mujer.

―Bueno ―contestó Truman.

―Con el detective John Truman, por favor ―le dijo Mark con una voz ronca y profunda tratando de hacerlo desatinar.

―¿Sabes? ―le dijo Truman―. En este momento estaba por llamarte, pero la verdad es que no quise despertarte.

―Ja, ja, ja, qué chistoso eres amigo, pero para tu información ya estoy en la oficina.

―No puedo creerlo ―le dijo Truman, quien segundos después, y no muy convencido, le preguntó―: ¿de verdad ya estás en la oficina?

―Por supuesto, te dije anoche que vendría temprano a terminar el reporte.

―No cabe duda de que cada día que pasa me sorprendes más ―le dijo―. Creo que el casarte te va a sentar muy bien.

―Sí, lo sé ―le dijo Mark―. Y para serte sincero hay ocasiones que hasta yo mismo me sorprendo.

―Me imagino ―le dijo Truman―. Bueno, nos vemos en unos cinco minutos.

―Perfecto ―le dijo Mark―. Oh, una cosa más, por favor, maneja con cuidado, no te vayas a pasar la luz en rojo.

―¿Cuál luz? ¿De qué hablas? ―le preguntó Truman frenando apresuradamente para no pasarse el semáforo en rojo.

―Intuición, amigo, intuición ―le contestó Mark haciéndose el misterioso.

Sin embargo, y sabiendo lo bromista que era, en ese instante Truman empezó a mirar hacia todos lados, pues se le hizo muy sospechoso que Mark lo hubiera prevenido sobre el semáforo. En eso, y al mirar por el retrovisor, se percató de que Mark era quien venía manejando el auto de atrás por lo que un poco serio, le dijo:

―Ya se me hacía raro que estuvieras en la estación y mucho menos terminando el reporte.

―No te enojes, era solo una broma ―le dijo Mark―. Solo trataba de sorprenderte.

―Y sí que lo lograste, es más, por poco y me sacas un pedo.

―Discúlpame de verdad ―le dijo Mark―. No quiero que, por mi culpa, vayas a tener un accidente, mejor nos vemos en la estación.

―Sí, nos vemos en un rato ―le dijo Truman, quien después de colgar, y al asegurarse de que Mark no lo estuviera viendo, soltó una carcajada, pues la verdad es que sí le había jugado una buena broma.

Minutos más tarde, y cuando llegaron a la estación, todavía no ponían un pie en su oficina cuando se acercó uno de sus compañeros y, de una manera discreta, les dijo:

―El comandante ha estado preguntando por ustedes.

―¿Está de malas? ―le preguntó Truman.

―No lo sé ―le contestó su compañero.

―No tendría por qué ―intervino Mark―. Después de todo, hoy es viernes, ¿o no?

―Bueno ―le dijo Truman a Mark―. A mal paso darle prisa, aunque ya me imagino para qué nos quiere. ¿Tú no?

―Sí, creo que sí ―le dijo Mark―. ¿Pero qué tal si nos quiere para otra cosa? No sé, tal vez quiera que salga con su hija o algo así.

―No cabe duda de que estás más loco que una cabra ―le dijo Truman mientras caminaban hacia la oficina del comandante.

Karl Watt era el comandante y jefe del departamento de homicidios, un hombre de cincuenta y seis años, alto, delgado, pelo plateado, y con un bigote abundante, el cual tenía un color amarillento causado por el humo de los puros que fumaba. Era una persona realmente chapada a la antigua.

―Adelante ―les dijo el comandante haciéndoles una seña a través de la puerta de vidrio al ver que se acercaban―. Tomen asiento, por favor, caballeros.

―Gracias, señor ―le dijeron.

―Espero que ahora que están jóvenes aprovechen y duerman lo suficiente, porque una vez que llegan a cierta edad ya no podrán hacerlo ―les dijo―. Y a todo esto, ¿ya tienen mi reporte listo?

―El re… por… te ―tartamudeó Truman: pues no supo qué decir, ya que se suponía que Mark llegaría temprano para terminarlo y no lo hizo.

―Sí, señor, ya está listo ―intervino Mark. Al mismo tiempo que sacaba un sobre amarillo de su portafolio, el cual le entregó al comandante, quien una vez que lo ojeó rápidamente, y con una cara de satisfacción, les dijo:

―Excelente trabajo, caballeros, por algo son uno de los mejores equipos de este departamento.

―Gracias, señor ―le dijo Mark.

―Bueno, eso es todo, ya pueden retirarse.

Una vez que salieron de la oficina, y justo después de cerrar la puerta, Truman volteó a mirar a Mark, y un poco enfadado con él, le preguntó.

―¿Por qué carajos no me dijiste que ya habías terminado el reporte?

―Tú nunca me preguntaste ―le contestó Mark―. Más bien asumiste que no lo había terminado.

―Je, je, je, je, je, tienes razón ―le dijo Truman. Discúlpame, por favor, es solo que no me esperaba que nos preguntara por el dichoso reporte tan rápido, la verdad es que no me dio tiempo de reaccionar.

―No te preocupes ―le dijo Mark―. Lo más importante es que ya estaba listo.

Una vez en su oficina, y ya mucho más relajado, Truman se sentó frente a su escritorio, y después de abrir su computadora portátil para revisar sus correos electrónicos, se quedó muy pensativo, le dio la vuelta a la silla y, perdiendo su mirada en el horizonte mirando a través de la ventana como si estuviera recordando algo, se quedó inmóvil reflexionando por unos minutos.

En eso y al verlo tan serio, Mark se le acercó y, poniéndole la mano sobre el hombro en señal de apoyo, le dijo:

―Sé que es un día muy triste para ti. Sin embargo, la vida sigue, ya no te atormentes más pensando en eso, recuerda que todo fue un accidente:

―¿Sabes? ―le dijo Truman―, siempre me pregunto qué hubiera pasado si yo no… ―Cuando en eso Mark lo interrumpió.

―Tranquilo ―le dijo―, como ya te he dicho antes, no hay nada que puedas hacer, mejor trata de pensar en otra cosa.

―Tienes razón ―le dijo Truman―, solo que me cuesta mucho trabajo no hacerlo.


FIN DEL CAPÍTULO I de El señor de los cuervos

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